|
Escrito por P. Felipe Carranza
|
|
En el ambiente cristiano de una familia humilde y pobre, en I Becchi, un pequeño poblado del Piamonte italiano, nació Juanito Bosco el 15 de agosto de 1815, hijo de Francisco Luis Bosco y Margarita Occhiena, modestos campesinos que ganaban sobria y honradamente el pan de cada día. Dos hermanos mayores, Antonio y José Luis y la abuela paterna, Margarita Zucca, integraban también esta familia.
Dice el mismo Don Bosco: “el primer hecho del que guardo memoria fue la muerte mi padre, el 11 de mayo de 1817, y las palabras llenas de dolor que me dirigía mi madre: ¡pobre hijo mío, ya no tienes padre”. La orfandad paterna y la pobreza fue la primera experiencia de su vida, pero acompañado, guiado y formado siempre por una madre cariñosa y dedicada por entero a ellos. Ella supo integrar en la educación de sus hijos, la mano dura y el rostro amable. Juanito siempre sintió el apoyo y cariño de su madre. Cuando tenía nueve años, Juan tuvo un sueño que quedó profundamente grabado en su mente y en su corazón, en él se le indicó su futuro vocacional: lo que ocurrió en la escena de los animales feroces transformados en corderos, él tendría que hacerlo con los muchachos difíciles, pobres y abandonados y hacer de ellos buenos cristianos y honrados ciudadanos. Con muchas dificultades y carencias económicas logra entrar a las escuelas públicas de Castelnuovo y después de Chieri. Finalmente aconsejado por el sacerdote Comollo decide entrar al seminario de San Felipe en Chieri y el 5 de Junio de 1841 recibe de manos del arzobispo Luis Fransoni, la ordenación sacerdotal. Los primeros tres años de su sacerdocio los pasó en el “Convitto Eclesiástico” -un centro de formación para sacerdotes- en la ciudad de Turín, bajo la guía y dirección espiritual de san José Cafasso. Ahí aprendió a ser sacerdote y tuvo sus primeras experiencias pastorales en las cárceles de la ciudad atendiendo amigablemente a los muchachos que estaban expuestos a todo tipo de peligros; físicos, morales y espirituales. Ahí descubre que su verdadera y eficaz labor pastoral no se encontraba en las prisiones sino fuera de ellas ocupándose en evitar que los muchachos cayeran en ellas.
Es así como en el otoño de 1846 se establece en el barrio de Valdocco y comienza la obra del Oratorio, encomendado al patrocinio de san Francisco de Sales. Ahí recibe a niños y adolescentes los domingos y días festivos, para instruirlos en la fe, educarlos y entretenerlos sanamente. Posteriormente recibirá en su casa a los muchachos huérfanos que carecían de todo. También él como Jesús, constató que la mies es mucha y los trabajadores pocos, al principio algunos sacerdotes amigos y simpatizantes con su obra le ayudaban pero después lo dejaban sólo. Por lo que se fue dando cuenta que sus mejores colaboradores deberían salir de entre los mismos muchachos que él atendía, educaba y formaba. Así lo había visto en el sueño, primero los animales feroces se convertían en corderos y después salían pastores del rebaño. |
|
|
Escrito por Francisco E. Zulaica
|
 | Bienaventurado Juan Bosco porque fuiste pobre, libre de ataduras humanas para entregarte generoso a los muchachos, ni siquiera eras dueño de tu corazón, los chicos te lo robaron, lo ganaron para Dios. Tú única posesión era un pedacito de cielo que lo arregla todo.
Bienaventurado Juan Bosco que lloraste tus pecados y los de tus chicos, porque has sido consolado con el Auxilio de María, descubriendo en la Pascua de Cristo la causa de la alegría que nadie nos puede arrebatar, la alegría que nos lleva a la santidad.
Bienaventurado Juan Bosco porque doblegaste tu orgullo con tal de ser manso para ganar a tus jóvenes, para no perderles, para amarles. Y así les heredaste no sólo Valdocco, sino espaciosos patios que en todo el mundo acogen a tus muchachos. Bienaventurado seas Juan Bosco porque tuviste hambre, porque no te alcanzaba el pan que compartías con aquellos que llamabas, porque confiado en la Providencia, dabas a manos llenas, porque el mejor pan, el Pan del Cielo, fue el objeto de tu amor y de tus delicias. | Bienaventurado Juan Bosco confesor misericordioso, capaz de leer los corazones y de devolverles la paz de Cristo, porque así también fuiste consolado, al reconocer que la mano de Dios a través de María nunca te abandonó en tu camino. Bienaventurado Juan Bosco porque tu corazón limpio, conservado puro con esfuerzo y vigilancia, te hizo ver a Dios, aún en aquellos chicos más repugnantes a los ojos de los hombres. No sólo veías al Invisible, sino que poco a poco aprendiste a ver como Él.
Bienaventurado Juan Bosco porque en medio de la tempestad quisiste trabajar por la paz y la justicia, la justicia en las fábricas, la paz en la Iglesia, la paz en tu familia del Oratorio y por ello Cristo te ha hecho entrar en su Reino, un jardín donde nos esperas a todos tus chicos, en la felicidad que no se acaba, porque es la Casa del Padre.
|
|
|
|
Escrito por P. Jorge García
|
|
 Al terminar este trabajo ya había muerto el card. Cayetano Alimonda que inició el proceso, y había un nuevo arzobispo, Mons. David Riccardi. Los 22 volúmenes fueron entregados a la Sagrada Congregación de Ritos, que entonces se encargaba de las causas de los santos. Se estudiaron y analizaron durante 10 años a fin de comprobar la autenticidad y veracidad de los testimonios y la solidez de los mismos para probar la santidad de don Bosco. Luego se entregaron al Papa Pio X, el cual ordenó que se iniciara el proceso apostólico el 14 de julio de 1907 y le dio a don Bosco el título de Venerable. En los 22 volúmenes estaban las deposiciones de los 28 testigos y de otras 17 personas llamadas por los jueces para aclaraciones sobre determinados puntos del caso de don Bosco. |
|
Leer más...
|
|
|
Escrito por P. Jorge García
|
|
El Postulador de la causa, el P. Juan Bonetti, redactó un material que serviría a los testigos para elaborar su testimonio. Este material constaba de “artículos” e “interrogatorios”. Los artículos eran una síntesis de la biografía del candidato a la santidad, dividida en breves parágrafos. Los interrogatorios estaban destinados a ayudar a los jueces, los cuales podían utilizarlos o prescindir de ellos; eran como una guía amplia de argumentos que podían alargarse o recortarse. Con este material se inició el trabajo largo y fatigoso de las deposiciones bajo juramento de los distintos testigos. Para hacer una idea de este trabajo, las de don Rua ocuparon 38 sesiones ante el tribunal eclesiástico y fueron transcritas en 273 hojas. Las de don Juan Bautista Lemoyne llevaron 38 sesiones y se transcribieron en 259 páginas. Las de don Julio Barberis 40 sesiones en 283 páginas. En total sumaron 562 las sesiones, que se transcribieron en 5178 páginas agrupadas en 22 volúmenes. Este proceso duró 7 años, de 1890 a 1897. |
|
|